La figura del astronauta habita en el imaginario colectivo como el moderno explorador que viaja hacia lo desconocido utilizando las más modernas y sofisticadas tecnologías. Es el emisario de nuestra civilización, el abnegado pionero de una vida futura que difícilmente alcanzaremos a ver las actuales generaciones que habitamos en este momento el planeta Tierra. Admiramos su coraje y su servicio al conocimiento y la evolución de la Humanidad.
Su trabajo está lleno de riesgos, de años de preparación física y científica. Miles de ingenieros diseñan y construyen durante años esos atronadores artilugios que le transporta al espacio exterior, a la Estación Espacial en la que debe pasar largas temporadas en silenciosa y remota soledad, ejecutando programas de investigación que aportan respuestas sobre nuestro pasado, presente y futuro. Embutido en su aparatoso traje espacial, el astronauta es un obrero especializado, el arquitecto de los más ambiciosos sueños de la raza humana.
Pero dentro de ese traje espacial hay un rostro, un nombre. En un mundo tan acostumbrado a mitificar, a fabricar estrellas, ídolos y personajes mediáticos, la identidad de los astronautas suele trascender poco.
|