De Carlos Sorín sabemos que gusta de regalarnos películas minúsculas, pequeños retales de vida que transpiran veracidad en cada fotograma. Es un cineasta que se mueve mejor cuanto menos ampulosa es su propuesta, y así films como Historias mínimas, Bombón el perro o El camino de San Diego gustaron sobremanera a un público ansioso por huir de megapropuestas tan estruendosas como vacuas.
Su último trabajo es La ventana, la historia de un anciano que pasa sus últimos días en una casona apartada del mundanal ruido, con la única compañía de dos cuidadoras, una veterana y otra novel.
Aunque el realizador haya comentado que se había dado cuenta a posteriori, la huella del Bergman de Fresas salvajes se atisba a lo largo del metraje. Las chispas vitales del vetusto protagonista, que se rebela antes u situación límite a base de desobediencia y terquedad, la aparición de unos jóvenes activos que sirven de contrapunto a quien ya tiene un pié en la sepultura son Bergman puro y duro.
Es un homenaje muy bien hilvanado, aunque al maestro no hay quien le tosa. Existen menos capas que en su referente, y la ironía dista mucho de alcanzar las cotas de encaje y bolillos con las que el cineasta sueco nos solía deleitar, pero hay que reconocerle a |