La película de Daniel Sánchez Arévalo utiliza la obesidad como una excusa para hablar de lo que nos tragamos en el día a día, esas frustraciones que van creciendo en nuestro interior y que tanto cuesta expresar, atender o asumir. Sus protagonistas, miembros de una terapia para gordos dirigida por un terapeuta tan desorientado o más que sus propios pacientes, establecen con sus diversas historias un retrato coral acerca de la obsesión y el comportamiento compulsivo que surge de esa misma necesidad desatendida de querer y ser queridos.
El sexo, la religión, la familia, la madurez, la insoslayable importancia del papel que juega la imagen propia en la sociedad actual y la consecuente adicción al sueño de convertirse en otro que desemboca en el rechazo de uno mismo, todos son elementos de una película arriesgada e inteligente que transita con desarmante facilidad de la comedia al drama, demostrando una vez más que el punto fuerte del autor de AzulOscuroCasiNegro es saber destilar para sus ficciones el carácter paradójico y contradictorio de la propia existencia.
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