En Nacidas para sufrir, Miguel Albadalejo resuelve, con soltura y sin despeinarse, la arriesgadísima ecuación puesta en marcha: una comedia negra que mucho tiene de romántica aunque no tenga de amantes, que reconcilia la España castiza con el clima de los nuevos tiempos y temas. El casticismo de su película se presume perfectamente manufacturado, demostrando que hay vida más allá de las ínfulas almodovarianas afines al contexto, y más cercano y al cobijo del costumbrismo berlanguiano al que el alicantino, por supuesto, tiene por ineludible referente.
Las estampas sucedidas en pantalla prueban lo bien que el cineasta le tiene tomada la temperatura a la cotidianeidad de la España rural y más de andar por casa. La introducción muestra a dos niñas preguntándose si pueden encender el televisor para ver Los Simpsons, en la comida de una jornada de luto, mientras que en otra escena asistimos a un encuentro entre vecinas que se convierte en excusa para un encarnizado intercambio de puyas y poses, comentarios acostumbrados para salir del paso y estratagemas varias. Hay aquí un padrón casi al completo y un partido exquisito de las figuras que componen ese microcosmos edificado sobre la hipocresía, las malas lenguas, lo cañí y, en última instancia, lo bondadoso de sus personajes: están las malas pécoras |