¡Que bonita es la campiña asturiana!. Ver un film cuya acción transcurre en estas idílicas tierras reconforta e invita al relajo más absoluto. Sus verdes prados, sus caudalosos ríos, sus buenas gentes... El equipo que ha realizado esta Cenizas del cielo seguro que se dejó envolver por toda esta armonía y quietud, y quizás parte de la bondad y poca mala leche que destila el film pueda ser producida por el aplatanamiento producido al tener que rodar después de una pantagruélica comida o una reparadora siesta. Al director del film, José Antonio Quirós, se le va la mano (ya le ocurrió en su anterior film, Pídele cuentas al rey) a la hora de embelesar una historia que podría haber sido mucho más punzante y afilada de lo que en defintiva es. “To el mundo es bueno”, como rezaba el clásico de Summers.
La música enternecedora acota cada secuencia, la cuidada fotografía sensibiliza a todo urbanita que vive entre atscos y prisas, la lozanía y algarabía de los habitantes recuerda más al mundo mágico de Oz que a una cuenca minera. Todo está al servicio del buenintencionismo y el buenpropositismo. Y es una pena, porque la trama tiene su miga. Alcaldes corruptos, centrales térmicas que violan todas las leyes medioambientales y que encima afectan a la vida sexual de sus trabajadores, la inoperancia de las altas esferas que despachan los problemas con una palmadita en la espalda. Si el Ken Loach de las buenas épocas (que buena que era Agenda Oculta) hubiera dispuesto de los mismos mimbres seguro que el resultado hubiera sido mucho más rico y a la vez comprometido. |