Si con Leonera Pablo Trapero había alcanzado el nivel de obra maestra, su nuevo opus Carancho no sólo confirma que aquello no sonaba exagerado sino que reabre las expectativas sobre hasta dónde puede llegar el director manteniendo intacto su estilo. Pero lo que es más esperanzador aún, conservando la esencia de su cine. Con este sexto largometraje el realizador de Mundo Grúa redobla la apuesta cinematográfica al concebir -genéricamente hablando- un film noir ambientado en las vísceras del suburbano, más precisamente en la nocturnidad de San Justo y sus alrededores, con la pesadez del asfalto a cuestas y la violencia que se expresa a cada minuto, desde el maltrato psicológico de una salud pública en estado de coma; desde el apriete de las mafias invisibles que gobiernan voluntades débiles y la otra violencia que estalla diariamente en los poros de sus criaturas a partir de su cotidiana lucha de supervivencia urbana.
Ese complejo entramado social de víctimas y victimarios, sin maniqueísmos, a veces sólo puede verse por fragmentos en las frías noticias periodísticas o en las estériles cifras estadísticas que revelan y ocultan al mismo tiempo una realidad poco tangible. Pero no podría mostrarse en carne viva sin contar con un guión sofisticado, sólido -que no hace concesiones ni especula- a cargo del director, junto al mismo grupo responsable de Leonera. Eso, sin dejar de mencionar claro está, las excelentes actuaciones de la pareja protagónica, que bajo la dirección precisa del cineasta entrega grandes momentos de intensidad, verdad, visceralidad y sexualidad.
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