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Biutiful, de Alejandro González Iñárritu, con Javier Bardem, Félix Cubero, Blanca Portillo y Karra Elejalde
BIUTIFUL
Drama / España-México / 2010 / 138' / Universal Pictures
Director: Alejandro González Iñárritu.
Actores: Javier Bardem, Blanca Portillo, Karra Elejalde, Félix Cubero, Rubén Ochandiano, Martina García.
Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo.
Música: Gustavo Santaolalla.
Producción: Fernando Bovaira, Alfonso Cuarón.
DESARROLLO, LADO B

Biutiful, belleza imperfecta, doliente, que viaja sin papeles en vagón de tercera. Aquélla a la que se tienen que resignar los miserables, los marginados, los anónimos daños colaterales de una mundialización cuya mala ortografía es el síntoma gráfico de su mala conciencia. Biutiful, retrato de Dorian Gray del mundo desarrollado, que le devuelve una imagen perversa que éste quiere ocultar o expulsar. Como las Señoritas de Aviñón que Picasso desfiguró gradualmente hasta hacerlas pasar de la belleza a la monstruosidad. Como el puerto de Nápoles, que describe Saviano, donde los contenedores que llegan de China se cruzan con otros que llevan hacia el gigante asiático los cadáveres congelados de trabajadores chinos ilegales.

La transculturación, el hibridismo y la inmigración han inspirado siempre a González Iñárritu, sin duda porque él y su cine son el fruto de esos procesos. Sin embargo, Biutiful es la película donde aborda este aspecto con mayor profundidad y con mejores resultados. Para conseguirlo Iñárritu apuesta por otorgarle protagonismo a la gran ciudad, para hacer del territorio urbano el cuadro omnipresente y omnipotente en el que ambienta la acción, como ya sucediera en Amores Perros y en una de las tres historias de Babel. Pero no es este el territorio apto para el flâneur burgués, ni mucho menos para el observador distante.

Más bien parece un marco opresivo, venenoso y envenenado, una especie de hiedra que se va enredando en el cuerpo del habitante hasta terminar atrapándolo. Por eso Barcelona resulta irreconocible en el filme, no es aquí esa ciudad pujante, ese centro cultural que ha alcanzado fama mundial. No es ni siquiera la capital catalana –quizás por ello nadie habla catalán en el filme-, es más bien una lugar gris, angustiante, al que se ha llegado casi por azar y del que difícilmente se podrá salir. Hay que reconocer que esta forma de representar la ciudad no es algo nuevo en el cine español; la miseria de los bajos fondos barceloneses y madrileños ya había sido abordada, entre otras, por las obras kinkis de principios de los ochenta. Sin embargo, Iñárritu pone el acento no sólo en los proletarios andaluces, sino que en la multitud de minorías llegadas en los últimos años: marroquís, cameruneses, ecuatorianos, chinos, rumanos… Su destino parece ser la explotación en manos de unos pocos, en medio de la indiferencia y, a veces, del desprecio del resto de la sociedad. En el filme, la salvación está siempre fuera de lo urbano, se concibe como un escape de la ciudad que, sin embargo, termina por quedar trunco o resultar contraproducente.

María José Bello
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